Cambio de agujas
Al cabo, al fin,
los linderos del fuego,
la despedida recordando aquel adiós
(C.V.)
Aquella tarde compartimos camino y ternura. Fuimos demorando entre cerveza el horario de cierre de los parques, los bares y la ciudad. Y reías. Reías sinceridad a cada paso que dabas y cada movimiento leve en tu boca me enseñaba que no habías cambiado nada. Una foto de tu perfil en un balcón y un cigarrillo. Un toque diferente de maquillaje y un lápiz de ojos más oscuro. Más mujer. Caminamos por avenidas mientras el mundo regresaba de la jornada laboral, a la misma hora en que las parejas acuden a los cines y los adolescentes se escapan de las academias y yo me alegro de que nos veamos sin necesidad de azares. Separados, guardamos la distancia con cautela de lobos, giramos y cruzamos pasos de cebra mientras unos ejecutivos hablan por el móvil, mientras el perfume de una mujer te recuerda al que usaba tu madre de joven, cuando tú eras más pequeña. Un mendigo come una manzana y estudiantes miran en un tablón los resultados del último examen –en la cabeza de algunos septiembre resuena a putada y verano sin bicicleta, otros ven peligrar su beca y los más afortunados silban un himno de triunfo con aroma a salitre–. Paramos en un semáforo y aprovechas para colocarte una horquilla en el flequillo ante los ojos de padres honrados que miran con lascivia contenida cómo se te ilumina el rostro, que ven en tu piel un sueño de otro lugar, de pie tras la iglesia del pueblo o en bancales lejanos, el fuego de otra época en que se creyeron protagonistas de una aventura de piratas y princesas. Es entonces cuando pienso que el sol de bochorno y los charcos del atardecer son lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Entre el ajetreo del centro comercial hay un ruido de vanidad y un mimo agradecido te golpea suavemente con una rosa. Una ambulancia de infortunio agita la ciudad de parte a parte, ensordecedora, pero el asfalto y los cláxones enmudecen al chasquido de tu mechero. Verte fumar es un homenaje al buen cine de filmoteca de domingo por la noche. Es entonces cuando pienso que el sol del atardecer es, en realidad, una cámara que proyecta imágenes en blanco y negro dirigidas por un prodigio. Hay ventanas y gente asomada al balcón. Un niño intenta convencer a su madre para que le compre un helado de chocolate. Es a esta hora cuando el abuelo se levanta de una siesta demasiado larga y yo te miro y tú fumas. Dos borrachos buscan como locos un pasadizo donde comerse a besos. Cierran las panaderías y abren los casinos y tú te cubres la garganta de la brisa tras la tormenta; no te das cuenta pero con cada gesto me curas la mala suerte. Arrastro la maleta. Un chino vende tulipanes y los negros de la plaza se ganan el pan traficando baratijas. En alguna parte de la ciudad un juez condena a cien años de soledad a un hombre inocente y dos novios buscan alquilar unos metros cuadrados de convivencia sin fama ni sobresaltos, el uno junto al otro. Estabas guapísima y nada era tan grave. Andamos sin prisa hacia la estación, camino de vuelta de un viaje que empezó hace años, con la emoción del niño que gana jugando al escondite. Fue entonces cuando pensé que el sol tras la tormenta clareaba un atardecer donde dos niños descubren que han estado demasiado tiempo jugado al escondite, demasiado tiempo en la sombra. Ancianos agarrados de la mano van al funeral de un amigo de ésos que se pierden en el vapor de las décadas. Atravesamos casas antiguas y hoteles que cobran por horas. La estación está cada vez más cerca y tú andas resuelta sonriendo a cada instante. Se detienen las guerras, las amenazas, y los pescadores regresan con sus familias, quemados de tanta soledad. Al fin lo comprendo, el sol es un sol de embarcadero y esta tarde es una tarde de otro tiempo cuando tú sonríes. Llegamos a la estación y alguien se ilusiona con una nueva vida en un vagón de tren. En ese momento recuerdo que nunca se me dieron bien las despedidas. Último aviso a los viajeros, chasquido de vías en los raíles y por fin te miro sin miedo a los ojos. Por fin tu abrazo y tu pelo sobre mis muñecas. Tu oído a milímetros de mis labios. Por fin tus pecas y las gotas de sudor de tu nuca.





