<< Aquel bramido llenó la noche.
Por lo tanto el disparo ni se oyó.
No hubo respuesta para Dani.
No hubo perdón>>
Crónica sentimental en rojo – F. G. L.

Rojas sacó la pistola de la guantera. El arma era elegante y antigua, de su padre, que había recorrido todos los barrios del Progreso cuando los maderos eran otros, cuando tenían ese halo de hombres de rompe y rasga con caspa en las solapas y chulería de carrera franquista, ésos que sintieron haber olvidado la lección en tiempos de Suárez y la palabra Constitución les sonaba a bandolerismo; en aquel tiempo en que dejaron de llegar postales de Montevideo o Buenos Aires. Intuyó un instante en la semioscuridad y la cargó con un soniquete dulce de horror en cuestión de segundos, clinc-clanc. Rojas pensó en su padre, pero el viejo hacía ya un par de años que estaba conectado a una máquina de oxígeno sin decir ni pío, y en seguida dejó de pensar en él. Se concentró con un golpe de corazón y salió del coche sin hacer el menor ruido.
El BMW azul marino había llegado un par de minutos antes. Estaba aparcado algo más lejos del tráiler que camuflaba el coche de Rojas.
Ya tenía ganas de verte, Raúl Pons de los cojones, pensaba Rojas mientras andaba en cuclillas, evitando los retrovisores. Que te crees muy machito con las mujeres pero ahora te vas a enterar, portento. A ver qué vas a hacer cuando en el infierno te tiente un ex-ministro y tú te agaches agarrándote los tobillos, a ver de qué te van a servir los millones y las amenazas, pedazo de maricón. Que no te pongo la bala en el culo porque seguramente te gusta, cabronazo. Y mira que ya deberías haberla palmado por fisuras en los escrúpulos al cuarto de hora de nacer, pero es que en este país ni el diablo cumple con su trabajo a tiempo. Eres un trapo sucio entre sábanas de seda, eres una costra que hay que rascar. Saborea, saborea el aroma de after shave de boutique francesa antes de que pringues de babas el cuello de tu camisa Gaultier.
Rojas dio un pequeño chasquido con la lengua y entornó los ojos mientras decidía por qué lado abordaría el BMW. De haber estado estacionado con otra orientación, Rojas hubiera podido cumplir su deber de una forma más espectacular, más hollywoodiense: asustarlo de golpe, tal vez saltando al capó y reventándole la luna en los ojos, el rostro deshecho de Pons mirando el cañón de la pistola mientras —y de eso estaba seguro Rojas— se meaba en la tapicería de cuero negro. Es que mira que eres inútil, Raúl Pons, que no sabes ni aparcar como Dios manda.
La promesa de unas piernas, ese verano y ese ambiente. Ese tirante del sujetador que se suicida por el hombro. Ese olor y el calor filtrándose por la claraboya. Y la cabeza de Rojas perdida en lo que no es recomendable. Ese ambiente. Ese olor. Maldita sea, sólo con respirar ese calor y esa claridad podría haber alcanzado el orgasmo un crío de quince años. Y Rojas que nota, de las orejas a la entrepierna, que se está metiendo donde no le llaman, que aquí hay alguien que le está engañando. La adrenalina friéndole el cerebro. El sujetador que abandona definitivamente la partida y cae a la moqueta. La lucha con la ropa. El edredón con restos de semen y carmín.
Y después esto no puede seguir así, Mara, que él no es nadie para tenerte atemorizada, que no habrá más hematomas ni escenitas en mitad de la calle. Tú confía en mí, que ése ya no te molesta más. Pero prométeme que vendrás conmigo, prométeme que no vas a dudar. Mírame, Mara, mírame.
Rojas decidió no llamar la atención y cumplir con su cometido, cumplir la parte del trato que había suscrito con el lado más visceral de sí mismo. No quería ser un infeliz, y desde hacía mucho se había dado cuenta de que, en su particular teorema de la felicidad, la equis a despejar era Mara y el camino, el medio necesario, eran unas cuantas balas del nueve largo. Balas que, además, no se desvían ni un milímetro del objetivo cuando atraviesan un cristal.
Opiniones