[Tengo una] Duda Razonable

Julio 16, 2008

Cambio de agujas

Archivado en: Personal — Sent @ 7:55 pm

Al cabo, al fin,

los linderos del fuego,

la despedida recordando aquel adiós

(C.V.)

Aquella tarde compartimos camino y ternura. Fuimos demorando entre cerveza el horario de cierre de los parques, los bares y la ciudad. Y reías. Reías sinceridad a cada paso que dabas y cada movimiento leve en tu boca me enseñaba que no habías cambiado nada. Una foto de tu perfil en un balcón y un cigarrillo. Un toque diferente de maquillaje y un lápiz de ojos más oscuro. Más mujer. Caminamos por avenidas mientras el mundo regresaba de la jornada laboral, a la misma hora en que las parejas acuden a los cines y los adolescentes se escapan de las academias y yo me alegro de que nos veamos sin necesidad de azares. Separados, guardamos la distancia con cautela de lobos, giramos y cruzamos pasos de cebra mientras unos ejecutivos hablan por el móvil, mientras el perfume de una mujer te recuerda al que usaba tu madre de joven, cuando tú eras más pequeña. Un mendigo come una manzana y estudiantes miran en un tablón los resultados del último examen –en la cabeza de algunos septiembre resuena a putada y verano sin bicicleta, otros ven peligrar su beca y los más afortunados silban un himno de triunfo con aroma a salitre–. Paramos en un semáforo y aprovechas para colocarte una horquilla en el flequillo ante los ojos de padres honrados que miran con lascivia contenida cómo se te ilumina el rostro, que ven en tu piel un sueño de otro lugar, de pie tras la iglesia del pueblo o en bancales lejanos, el fuego de otra época en que se creyeron protagonistas de una aventura de piratas y princesas. Es entonces cuando pienso que el sol de bochorno y los charcos del atardecer son lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Entre el ajetreo del centro comercial hay un ruido de vanidad y un mimo agradecido te golpea suavemente con una rosa. Una ambulancia de infortunio agita la ciudad de parte a parte, ensordecedora, pero el asfalto y los cláxones enmudecen al chasquido de tu mechero. Verte fumar es un homenaje al buen cine de filmoteca de domingo por la noche. Es entonces cuando pienso que el sol del atardecer es, en realidad, una cámara que proyecta imágenes en blanco y negro dirigidas por un prodigio. Hay ventanas y gente asomada al balcón. Un niño intenta convencer a su madre para que le compre un helado de chocolate. Es a esta hora cuando el abuelo se levanta de una siesta demasiado larga y yo te miro y tú fumas. Dos borrachos buscan como locos un pasadizo donde comerse a besos. Cierran las panaderías y abren los casinos y tú te cubres la garganta de la brisa tras la tormenta; no te das cuenta pero con cada gesto me curas la mala suerte. Arrastro la maleta. Un chino vende tulipanes y los negros de la plaza se ganan el pan traficando baratijas. En alguna parte de la ciudad un juez condena a cien años de soledad a un hombre inocente y dos novios buscan alquilar unos metros cuadrados de convivencia sin fama ni sobresaltos, el uno junto al otro. Estabas guapísima y nada era tan grave. Andamos sin prisa hacia la estación, camino de vuelta de un viaje que empezó hace años, con la emoción del niño que gana jugando al escondite. Fue entonces cuando pensé que el sol tras la tormenta clareaba un atardecer donde dos niños descubren que han estado demasiado tiempo jugado al escondite, demasiado tiempo en la sombra. Ancianos agarrados de la mano van al funeral de un amigo de ésos que se pierden en el vapor de las décadas. Atravesamos casas antiguas y hoteles que cobran por horas. La estación está cada vez más cerca y tú andas resuelta sonriendo a cada instante. Se detienen las guerras, las amenazas, y los pescadores regresan con sus familias, quemados de tanta soledad. Al fin lo comprendo, el sol es un sol de embarcadero y esta tarde es una tarde de otro tiempo cuando tú sonríes. Llegamos a la estación y alguien se ilusiona con una nueva vida en un vagón de tren. En ese momento recuerdo que nunca se me dieron bien las despedidas. Último aviso a los viajeros, chasquido de vías en los raíles y por fin te miro sin miedo a los ojos. Por fin tu abrazo y tu pelo sobre mis muñecas. Tu oído a milímetros de mis labios. Por fin tus pecas y las gotas de sudor de tu nuca.

Julio 4, 2008

As de picas

Archivado en: Personal — Sent @ 7:56 pm

La suerte se llevó lo que más quería con un golpe de as de picas y hasta el viento al soplar parecía estar ahí para decirme lo gilipollas que había sido. De aquella noche recuerdo muy bien la poca luz y sobre todo recuerdo el reflejo de alguien acabado en el espejo, eso y que al llegar a la cama sólo pude dormir gracias al coraje del valium. Casi había asumido antes de acostarme el olor a excrementos que incluso llegó a colarse en mi sueño de girasoles y fachadas blancas de pueblos andaluces de otro tiempo. Sólo pretendía arañar matices al momento en que tuviera que dar explicaciones a mi novia, quise dar la espalda a los espectros de mi habitación por la vía más fácil, y lo único que se me ocurrió fue tumbarme en la cama con una ansiedad infantil de ganas de abrazarla antes de que un abismo la barriera de mi vida para siempre. Pensé, en un confuso momento de duermevela de alcohol y aspirina, que si alguna vez habité un pueblo andaluz de fachadas blancas nunca debí haberlo abandonado. Al día siguiente, cuando la llamé, sólo supe decir quiero volver.

Fui distinguido y fui el mejor en las mesas de póker de aquí a algunos meridianos al este, desde los sótanos de los hostales de carretera a los salones del Ritz. Fui ganador sin necesidad de merecer el triunfo, pero me convertí en el poeta estéril o el autor que se repite, y ni siquiera tuve tiempo de salir corriendo cuando la porquería ya me llegaba por los hombros. Nadie pudo enseñarme a tiempo la tragedia de una ambición estirada al extremo, por eso creo (sin reproche alguno hacia mi familia) que los padres, antes de obstinarse en adoctrinar a sus hijos sobre el bien o el mal, deberían empezar por mostrar el valor de la rendición a tiempo: estoy seguro de que se ahorraría mucho dinero en psicoanalistas.

Tal vez fueron mi carácter y el defecto hereditario de no querer ver el envés de las cosas los que sirvieron de venganza para el destino. Tal vez siempre fui perdedor. Pero en años, creo, sólo tuve una mala racha, péndulo que finalmente me degolló en canal cuando moví ficha a ciegas. Me endeudé tanto con la Luciérnaga (la calva de ese jodido patriarca latinoamericano parecía una fuente de luz espontánea) que si me hubiera acribillado a balazos habrían corrido de mi cuenta.

Cambié la escritura de nuestro apartamento por una sentencia de divorcio sin haber pasado por el altar. La dejé tan vacía que ni siquiera le quedaron lágrimas que escupirme. Seguro que de haber valorado un poco más mi vida hubiera suplicado que me seccionaran la yugular ahí mismo, y me dejaran desangrarme encima del tapete.

De aquella época sólo recuerdo que poco después, cuando volví al lugar que me vio nacer, la luz de las farolas apuntaba siempre a invierno y cada noche invariablemente se oían gritos de bebés y llantos de gatos abandonados. Hoy no puedo evitar sentir un extraño alivio cada vez que abro la puerta con dos vueltas de llave al llegar a casa y compruebo que nadie me espera, que nadie me va a esperar jamás porque sin darme cuenta me he pasado media vida apostando al caballo equivocado.

Mayo 24, 2008

[Drama con] Telones de Humo

Archivado en: Personal — Sent @ 3:18 am

1. El Bar Scumm

Es sábado por la noche y el ambiente en el Scumm es húmedo, de lluvia que resbala por dos ventanas, una a la izquierda de la barra, la otra, más grande, junto a la puerta. Huele a alcohol mezclado de cóctel y no hay mucha gente. Por los altavoces Bob Dylan dice eso de lay, lady, lay, lay across my big brass bed y los focos viran del amarillo al naranja con movimientos lentos, recortando siluetas de oscuridad en las paredes como una película en que los fotogramas están mal montados. Eventualmente se abre y cierra la puerta a la clientela, que por lo general es de mediana edad.

Hay tres personas, dos hombres y una mujer (Israel, Carmen e Infeliz), en el centro de la estancia.

ISRAEL.— Tío, déjame en paz. Coméntale a ella los problemas que tengas, pero a mí déjame. Quiero tomar algo con mis amigos.
INFELIZ.— No, a ver, no te equivoques. Me acerco a la barra un momento y cuando vuelvo te veo aquí, demasiado cerca de mi novia. Sólo quería saber si estabas tanteándola, porque claro, si es así, significa que no me respetas, sabes perfectamente que ella viene conmigo, ¿no? A ver qué has venido a buscar, amigo.
ISRAEL.— (Exagerando el esfuerzo de mirar hacia abajo, a los ojos de Infeliz.) Acabo de llegar y me ha saludado, ni siquiera hemos tenido tiempo de cruzar dos palabras, ¿qué problema hay? Le he sonreído, lo siento. (Restándose importancia.) Tienes suerte de que una chica tan guapa esté a tu lado, deberías estar contento.
INFELIZ.— (Colérico.) Métete la lengua en el culo.
ISRAEL.— (Cortándole.) Ehhh, tranquilo, chico. No te preocupes, es lo normal: ella es una preciosidad (Señalando a Carmen con la cabeza.) y tú eres poco menos que un simio, pero calma, cálmate, siempre ha sido así, mi mujer era un absoluto bombón, incluso cuando se dio la vuelta para siempre lo hizo con un movimiento de melena y una elegancia que ya quisieran Ava Gardner o Mata Hari. Era tan sofisticada que podía sonreír mientras almacenaba reproches mentalmente, tan fría que de haber querido matarme lo habría hecho llevando su mejor conjunto de lencería negra y mirándome a los ojos. ¿Entiendes lo que intento decir? Firmé un pacto con el diablo para que ella estuviera a mi lado pues ni siquiera el destino influía en sus maneras, y ese compromiso sellado en las llamas del infierno es mi único patrimonio. Sinceramente, ¿crees que me interesa tu chica lo más mínimo?
INFELIZ.— (Con desprecio.) Piérdete.
ISRAEL.— Cuida de ella, Infeliz.

Israel se despega un poco de la pareja mientras busca con la mirada su grupo de amigos. Al localizarlo se dirige a ellos mientras Bob Dylan dice stay, lady, stay, stay while the night is still ahead. Poco a poco hay más gente en el bar, pero da la impresión de que no se llenará especialmente. Es noche cerrada.
Alcanza una esquina cercana a la barra y se reúne, tras hacerse con un vodka, con Javi Ríber, Jandro, Rob y Del Morán, que mantienen dos conversaciones distintas.

DEL MORÁN.— Cojones, Rob. Siempre tomando notas con la libretita dichosa. Es sábado, por favor. A veces incluso me da la impresión de que eres un escritor de verdad.
ROB.— (Con media sonrisa.) ¿Un escritor? ¿Un jodido escritor, Morán? Te voy a decir quién era un escritor: Poe. Si yo hubiera escrito El corazón delator no estaría aquí, desde luego, en este antro, hablando con un perdedor como tú. Seguramente me dedicaría a planear mi muerte minuciosamente, con mi privilegiada y retorcida imaginación, para hacer de ella la mayor leyenda jamás inventada, y que mi memoria sobreviviera para el resto de la eternidad. Pero no, amigo mío, yo escribo, como ya dijo Nietzsche, para leer mejor y también para dejar de leer de vez en cuando, porque leer mucho cansa. Y te diré algo más, escribo notitas porque me da la gana y tú, ahora mismo, intentando joderme, seguro que estás entorpeciendo el proceso de formación de una frase cojonuda.
ISRAEL.— (Sin saber muy bien de qué va el tema.) ¡Un brindis por las frases cojonudas!

(Todos brindan, Del Morán está descojonándose)

2. La resaca de Jandro

El invierno enfría el anochecer mientras Jandro, Rob y Del Morán se curan la resaca a base de ginebra y complicidad en el Scumm. Esta vez están sentados a una mesa que parece incitar a hacer trampas con los naipes a la luz de unas pocas velas. Se hablan con ojos, con silencios, enfrascados en la exigente necesidad de conseguir que el alcohol saetee por sus venas: son de los que creen que la mejor lección de sobriedad es la vista del borracho, y esa certeza sólo se cura a base de grados. De vez en cuando se enzarzan en discusiones y amenazas que se disipan al poco de nacer, etéreas como volutas de humo, tirándose los defectos a la cara con una sinceridad de clavo ardiendo. Podría decirse que son tres caballeros en una tarde vieja, de siglos de amistad, parece, incluso, que fuera de esa realidad triangular que conforman no hay nada salvo cosas que no tienen mucho sentido. La conversación es pausada. Edith Piaf cantando Je ne regrette rien suena a tenue broma del destino. Como esperando el momento idóneo, Jandro comienza a hablar, prologado por cinco copas.

JANDRO.— Habláis de mujeres, ¿verdad? Qué se puede decir…Crees conocer de una vez a la criatura que envejecerá a tu lado lavándote los calzoncillos durante años pero un buen día te encuentras jugándote a la ruleta rusa los recuerdos de años que pesan como losas de eternidad mientras le extiendes un cheque al abogado que tramita tu divorcio. Entonces te das cuenta de que lavar los calzoncillos es cansadísimo, y las sábanas…Santo cielo, no podéis imaginaros lo difícil que es doblar una puta sábana a dos manos. Aun así uno se viste de chaqueta los domingos sabiendo que la lógica no va con ellas y se quita el sombrero cuando pasan por su lado. Porque Dios, maldita sea, debió ser un jodido genio, como dijo un pobre diablo que perdió la vista. Haceos cargo: las manos…Sí, seguro que uno no se hace un verdadero hombre hasta que no siente el tacto de unas manos delicadas sobre los párpados. Los brazos, buah, en el derecho dormitó Abel y en el izquierdo Caín, soldados sanguinarios fueron simples lloronas en los brazos de sus madres cuando eran célibes personitas vulnerables; esos brazos levantaron la civilización, el Bien y el Mal. El pelo…por el pelo de Helena ardió Troya y nosotros no podemos sino inclinarnos ante Paris, avergonzándonos porque hoy en día no morimos por el pelo de nadie, sino por causas mucho más vanas. Y las piernas, chico, esas piernas son como fiordos derretidos en el mar, de salvarlos estás condenado a enloquecer, las piernas, Dios…, los andares de Magdalena casi convierten el Cristianismo en Apostasía.

(Todos beben en silencio respetuoso que, en combinación con la música, establece un rumor de oración)

Mayo 23, 2008

Dardos

Archivado en: Casuales — Sent @ 9:25 pm

“La I Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través de su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

Gracias a quienes me incluyeron en su lista. Ahí va la mía, abierta indefinidamente:

Desde el Calvario
Dos palabrotas
La esfera del profano
Somos jevis porque sí
La vela y el vendaval
Los tipos duros no escriben blogs
Tantas ganas como miedo
Señales de humo
Sherezade
El ignorante atrevido
Lapicero azul
Today is a good day
Siquierestecuento

[Los nominados pueden crear la suya]

Mayo 20, 2008

Estudiando

Archivado en: Casuales — Sent @ 11:42 am

Las violaciones de los derechos y libertades en 2006 siguen alcanzando unas proporciones sin precedentes, en un crescendo cuyo cénit escapa a la imaginación. El informe que Amnistía Internacional publicó sobre el estado de los derechos humanos en el mundo durante 2005 constataba violaciones en ciento cincuenta países, afirmaba la manipulación por los gobiernos poderosos de la ONU y las instituciones regionales en beneficio de sus mezquinos intereses nacionales y en detrimento de los derechos humanos, señalando a Estados Unidos como ejemplo destacado de ello, pero no el único, ‘como ponen de manifiesto - dice el informe - el historial de Rusia en el Cáucaso y en Asia Central y la creciente cooperación económica de China con algunos de los gobiernos más represivos de África’. Es así como se sigue verificando el genocidio, la tortura, la intolerancia étnica y religiosa, la violencia contra la mujer y la infancia, las detenciones arbitrarias y desapariciones forzosas, las ejecuciones extrajudiciales o sumarias…, violaciones facilitadas y agravadas por los conflictos armados, el uso y abuso de la declaración de estado de excepción, así como por la situación de tiranía, extrema pobreza y endeudamiento exterior que padecen gran número de estos pueblos.

(Derecho Internacional. Antonio Remiro Brotóns y otros; pág. 1183)

*Imagen: Negro; Diseño ganador del Premio KAKADU, serie Derechos Humanos.

Mayo 4, 2008

Víctima necesaria

Archivado en: Personal — Sent @ 3:56 am

Después de dispararle pensé en suicidarme, pero la cobardía es asunto de hombres.

Ni siquiera le he dado tiempo para sufrir, para que me mirara a los ojos con la certidumbre insulsa de saberse listo de papeles, al muy canalla. La bala de mi Parabellum se alojó de lleno entre ceja y ceja, con un leve sonido de carnicería y excitación que lo mandó al otro barrio con una mueca de horror y desconcierto, porque el maldito no me esperaba. No me temía. No sabía que en el cajón de mi despacho guardaba un dossier de fotos y anotaciones, una vulgar carpeta que convertía a un simple desconocido en hombre muerto. Podría haberme cruzado con él mil veces sin imaginar que el azar de las relaciones lo situaría en el ojo del huracán de mi odio, en víctima necesaria de mi cordura.

Empezó a convertirse en víctima necesaria el día que descubrí aquel mordisco ajeno en la cadera de mi mujer. No dije nada, los hechos dictaminarían. Siempre sucede. Los hechos discurren, se retuercen a veces o se rompen para finalmente equilibrarse por su propio impulso, regresando al punto de partida, al cosmos, como en la fotosíntesis o los ciclos lunares de un equilibrio natural. La segunda razón que encontré para matarlo fue el vacío en el lado izquierdo de mi cama y las horas de insomnio cuando estiraba el brazo y ella no estaba. También los besos de rutina, las cenas sin más conversación que el rumor de la televisión (no se los reprocho directamente, pero sé que él los agravó para que desapareciera el rastro de la complicidad y el ansia de vernos). La desazón de la pérdida continua, el fin de lo único que identificaba como mío. La desgracia de mi presente, unida a su porte de gallito triunfador que registré en lo más hondo de mi vergüenza y mi inmisericordia, cuando conocí su aspecto, configuraron mi perfil de asesino, mis metódicas miradas al infinito, ausente.

Contraté a un detective que no tardó ni cinco días en reunir datos suficientes acerca de él y confirmar mis sospechas con su cámara Nikon: su domicilio, un chalé de las afueras; su horario laboral, su trabajo como director de una importante franquicia de distribución de medicinas; los bares que frecuentaba, su procedencia, la marca de su coche. Se hizo incluso con su expediente médico. Todo a cambio de poco más de mil euros. «Esto está claro», me dijo, y yo no busqué una segunda opinión.
Conseguí la pistola por Internet y un día cualquiera me levanté con parsimonia sabiendo mientras me afeitaba que él iba a morir y que mi porvenir a partir de entonces quedaría a merced de una hiedra de días sin fortuna, que desertaría de la vida obcecado por la traición. Tal vez me mataran, tal vez no; tal vez me pudriera en la cárcel. Coincidí en la cocina con mi mujer, desayuné un café delicioso y le di un beso sin calor, hasta luego, nos vemos a la hora de la cena. Conduje hasta el extrarradio y esperé cerca de la salida del garaje de un residencial plagado de palmeras. Cuando vi salir un deportivo Volkswagen azul marino pisé el acelerador y me crucé en su camino, impidiéndole que saliera completamente a la calzada. Su cara denotaba impaciencia e incredulidad. Salí del coche al tiempo que el muy imbécil bajaba la ventanilla y comenzaba a balbucear una protesta que acallé con un disparo cercano que le desfiguró la cara. Fin de la historia. Kaputt.

Me duelen las muñecas. Como una ensoñación de la que no soy capaz de despertar del todo imagino que mientras el coche policial frena en el semáforo soy capaz de abrir la puerta y salir huyendo.

Mayo 3, 2008

Tumores

Archivado en: Personal — Sent @ 12:46 am

<<Si tuviera un tumor lo llamaría Marla>>
(Edward Norton - El club de la lucha)

Recoger las palabras para poder recoger las lágrimas que hemos causado. Como si ellas, las palabras, fueran la goma de borrar que consigue crear en vez de suprimir; como una vista atrás de rebobinado que ilusiona, que hace soñar porque a su través se levantan pasiones y sueños. Como la primera vez que te hice reír o aquella otra vez que nos echaron de clase. Como la suerte de tu primer beso o la tibieza de una cama que soporta tu calor el sábado por la noche. Todo lo que fuimos y que ya no seremos, porque hemos cambiado: aunque no seamos lo que no queríamos ser; aunque tampoco seamos lo que esperábamos ser.

Un mar separando almas gemelas, haciendo perder entre su calma las frases que jamás llegaron a pronunciarse para que no pudieras entender lo que significa un silencio de años que pesan como siglos. Porque no fui capaz de merecer las lágrimas que derramaste y que tal vez olvidaste en el rincón más oscuro de tu memoria; siquiera merecer que hoy puedas recordarme. Pero cada uno con su conciencia en silencio y muy a solas, muy a su manera: hoy quiero pensar, hoy quiero consumirme sabiendo que no he aprendido nada de ti. Cada uno disparará, al fin, cuando su propia pesadilla lo acorrale en una callejuela estrecha. Aun así no es la herida, ni el rencor, de lo que quiero ocuparme esta noche. Lléname la copa y brinda conmigo porque fuimos la piel que hizo de éste un lugar acogedor, una voz de aliento y una razón por la que pensar que la muerte no nos quitaría lo único verdaderamente vivo: el recuerdo de un cosquilleo fugaz y definitivo que mordía el estómago, hacia abajo, cuando me besabas en noches de brea y rompeolas, lejos de la soledad de noches acre, noches de tabaco amargo. Esa quemadura será lo que nos quedará cuando enmudezca la voz de aliento. También será el roce de la estocada que más duela, que finalmente resulte mortal. Pero lo dicho: no esta noche. Ahora pásame un cigarro, sabes que no fumo, pero aun así te lo aceptaré. En otro tiempo esa marca de cigarrillos fue tu cómplice silencioso las veces que dejaba escapar el humo denso de los reproches o tejía frente a ti remiendos mal disimulados para la mortaja de un amor en que no quise creer. Rojo sobre fondo blanco. El mismo rojo que rememora el sabor de las risas de la ilusión y lo incierto de lo nuevo, de tus besos, de las veces en que te reñía sin maldad por lo mucho que fumabas.

Si tuviera un tumor lo llamaria Marla

Y ahora volvemos a vernos, como dos delincuentes que vuelven al lugar del crimen, mirándonos apenas a los ojos. Contemplando cada uno la mancha de tiza en el suelo de nuestra nostalgia; un cadáver que ni siquiera tuvo un entierro digno, acorde al inmenso recuerdo que arrastró con su fallecimiento. Nuestro amor no merecía eso. Nuestro amor debió ser enterrado con la misma ceremonia que un anciano condecorado de sonrisas de nietos que, orgullosos de haber heredado los rasgos de su abuelo, le lloraran muy duro, enrabietados al principio, rotos, para después gemir muy quedo, en paz con ellos mismos y conciliados con la vida, amando más todavía las huellas que su apellido conllevan. No. No tuvimos tiempo. Puedes echarme la culpa. Me marché, con una incertidumbre, a pudrirme yo solo, para que no te pudrieras tú también a mi lado.

No supe darte el tacto de cerezas que tus manos y tu vientre anhelaban. Mis caricias ni siquiera mojaron tu piel. Mi nombre y tu pelo no llegaron a ser uno por la cima de tus caderas, en colchones prestados a la orilla de un balcón que nos acercara las nubes. No, jamás vi los mechones de tu frente jugar con tus párpados, rizarse en un día de tormenta. El disparo fue seco y la bala resquebrajó de parte a parte lo poco que era nuestro. Y mira ahora nuestro amor: no es más que un escombro, partículas muertas en una fosa común, mezcladas en el lóbrego purgatorio a que también fueron a parar el último lunar de tu espalda o los horarios de la estación de autobús, el paquete de Lucky Strike, las fotos que no llegaste a darme o la única carta que me escribiste. Un alijo informe sin nicho ni lápida ni flores que parcelen un espacio donde poder acercarse a llorar.

Nuestro amor no se lo merecía y tal vez por eso estamos aquí, frente a frente. Para rendirle el tributo que el amarillento tronco del Tiempo se encargó de asignarle y así vengar la amnesia a que nos condenamos.

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