Estimados canallas,
Dejad que me dirija a vosotros, ilusos. Dejadme que os diga que cualquier esfuerzo que creáis excepcional es una minucia. Permitid que os haga saber que todo lo que tenéis que decir, o ya está dicho, o está mucho mejor dicho. Vosotros no sabéis ni de largo con quién os jugáis los cuartos, no tenéis ni puñetera idea, jamás entenderéis el referente que os precede. Vosotros no traficaréis con la felicidad de nadie por estar con ella, no sabréis lo que es besarla en el momento justo y hacer ese instante lo suficientemente inmenso. Todo lo que conseguiréis con vuestro esfuerzo será entristecerla más, no os dais cuenta: creéis que os ama, que ríe vuestras bromas de una forma especial, pero no os equivoquéis: en ocasiones esboza una mueca de pena infinita por lo que tenía antes ¿Acaso no la notáis ausente a veces? ¿No os remuerde daros cuenta de que parece que no ríe, que sólo sonríe a medias? Os mentís a vosotros mismos, os abrazáis a un clavo ardiendo, la sombra de su pasado le sobrepasa a ella y os sobrepasa a vosotros. Mi nombre se hace sagrado por cada centímetro de su piel para que os sintáis acomplejados del privilegio que supone acariciarla, y eso no os beneficia en modo alguno, todo lo contrario, jamás comprenderéis la libertad de recorrerla desde la nuca, despacio, hasta los tobillos, los lunares de memoria y cada poro hechizado por las yemas de mis dedos. Y lo peor de todo es que ella también es consciente. Entonces os enfadaréis. Clamaréis a viva voz vuestro derecho a dejarle una huella imborrable, vuestro derecho a servirle de consejero, de justiciero, de amante. Gritaréis maldiciendo por las lágrimas que no derramó en la estación, tal vez lloréis, infelices, porque la vida os ha otorgado un papel secundario que os negáis a admitir, la función es injusta y vuestra suerte mezquina, pero es lo que hay. El hedor de su derrota os congelará la sangre mientras permanezcáis a su lado, convirtiéndoos también en perdedores y cómplices del fracaso del amor que compartís.
Os compadezco, en ningún caso me molestáis, no os guardo rencor; incluso soy capaz de teneros cierto aprecio, me parecéis el villano desarmado que conserva estoico ciertos matices de dignidad antes de encajar la cuchillada mortal. Pero qué desdichados, qué triste. No habrá playa que no le recuerde los amaneceres conmigo hasta arriba de besos, hasta los párpados de arena. No habrá más asiento trasero que el de mi coche. No habrá barra en que no me busque disimuladamente. No habrá crepúsculo sin el espectro de mis abrazos. Lo siento, enemigos míos, pero las sábanas de los hostales que visitéis conservan mi olor, el fantasma de lo más íntimo y más nuestro. Cada lágrima que le provoquéis le hará recordar aquella vez que lloró de felicidad por encontrarme. Lo lamento por los cuentos que intentéis contarle, seguramente no podrá evitar oír mi voz, leyéndole:» -Quiero que me devuelvas a Domingo Montoya, hijo de perra - y la espada con empuñadura para seis dedos volvió a describir un brillante movimiento en el aire-. El conde gritó.
(…)
En cualquier caso debo decir (por vuestro bien, porque al fin y al cabo os respeto) que hagáis lo posible por merecerla, que la escuchéis y estéis a su lado. Que consigáis que logre sobrellevar el pasado con la memoria selectiva del corazón y entretanto maduréis.
Si fracasáis siempre podréis dedicaros a escribir…
Pos lo mismo, simplemente, se hartan de repetir “como desees”
O qué
Comentario por El Hombre de Negro — Enero 31, 2008 @ 3:01 am
Bonito resentimiento, ¿sólo es eso?
Comentario por Trini — Febrero 7, 2008 @ 9:13 am
No sé si se trata de un resentimiento. En cualquier caso, de ser así, se trataría de un sentir como otro cualquiera, pasajero, que conforme viene se va. Una pequeña muesca.
Muchas gracias por el enlace y por darte a conocer. Estaré atento a ese calvario tuyo
Comentario por manuelssaint — Febrero 7, 2008 @ 3:33 pm